domingo, 19 de agosto de 2012

Día 129 – Stavanger


Volvimos a despertarnos envueltos en un día gris y espantoso, nada había cambiado. El pasto estaba ensopado lo que nos dejó más que conformes de no haber instalado la carpa. Tras un desayuno y un baño refrescante y despertador, comenzamos a viajar hacia Stavanger.

Antes de salir de la ciudad, buscamos un centro de información turística para evacuar algunas dudas. Nos atendió un hombre muy colaborador que nos dio varios mapas y folletos y nos explicó un poco más sobre el extraño sistema de peajes. Resulta que hay muchos peajes a lo largo de todas las carreteras, pero no hay cabinas con gente cobrando por lo que uno podría ni enterarse de ellos. Nos dijo que la forma más conveniente es hacerse un usuario por internet con la información de la tarjeta de crédito y luego al pasar por el peaje, hay una máquina que saca una foto de cada vehículo. Ellos confirman la matrícula con la de nuestra cuenta y debitan el dinero correspondiente. ¿Qué pasa si no te registras? No se sabe bien. En algunos hay que pagar en forma manual, otros después te notifican…un desastre. Decir que justo nos dio por preguntar al respecto, si no…jamás nos hubiéramos enterado.

Si bien la distancia hasta Stavanger es de doscientos kilómetros aproximadamente, el recorrido nos llevó unas tres horas o más. Esto no fue solamente porque llovía intensamente y tomaramos precauciones, sino que porque la carretera de Noruega tiene muchísimas curvas, los caminos son de una sola vía y no se puede adelantar otros vehículos en cualquier lado, y sobre todas las cosas, el máximo de velocidad permitido es de 80 kilómetros por hora. Bastante menos cuando se circula dentro o en los alrededores de una ciudad.

Igualmente los paisajes eran muy bonitos, aún cuando la visibilidad fuera casi nula. Con subidas y bajadas pasamos al costado de varios lagos con el agua clara como un espejo en donde se reflejaban las casas; algo hermoso. Hay montones de túneles en la carretera que atraviesan las montañas que acompañan el camino. Todo muy pintoresco, y seguramente mucho más cuando está soleado.

Al llegar a Stavanger, nos adentramos hasta el centro mismo de la ciudad. Por casualidad encontramos un Parking al que decidimos entrar para dejar el auto y movernos caminando. Le pregunté a una señora como era el sistema porque las instrucciones estaban solamente en noruego, idioma que no dominamos del todo…aún, je. Luego recorrimos la zona más céntrica, vimos la Iglesia en donde justo estaba comenzando un casamiento y para hacerlo más romántico, en frente había un escenario enorme con una banda de rock. Buena mezcla.

Hicimos un pequeño tour por el puerto y los alrededores para terminar en un nuevo centro de información turística. Así nos enteramos que para ir a Prekistolen, nuestro siguiente punto del itinerario, hay que tomar sí o sí un ferry. Para ir hasta otro de los fiordos que nos interesan hay que tomar otro ferry más y para la ciudad que pensamos ir hay que tomar tres. ¡Puro ferry! Que por si fuera poco, no son nada baratos, al igual que todo acá en Noruega. El combustible es caro, la comida es cara, el alojamiento es caro…

Había dos caminos posibles para llegar hasta la zona de Prekistolen. El camino más fácil era directamente desde la ciudad, pero obviamente era más costoso. La alternativa era volver unos cuantos kilómetros por la ruta y luego hacer un desvió para tomar otro ferry más barato y de viaje más corto y luego completar el recorrido en el auto. Tomamos la opción más fácil pero casi sin querer y por falta de cooperación del GPS que no nos ayudaba a encontrar la otra ruta.

Tras menos de una hora de viaje en barco, manejamos hasta el camping Prekistolen que no solo estaba cerca del lugar donde queríamos ir, sino que además nos dijeron que era el más barato. Nos atendieron muy bien y nos instalamos una vez más, en el auto. Seguía lloviendo y estaba espantoso, pero nos habían dicho que al día siguiente se iba a despejar. Justo, tal como necesitábamos. Nuestros planes dependían del clima, así que solo nos quedaba esperar.

sábado, 18 de agosto de 2012

Día 128 – Kristiansand


Nos despertamos bajo agua, una vez más. La lluvia no había parado para dormir y nos había alcanzado. El día estaba espantoso, la carpa una vez más ensopada y el cielo cubierto y amenazante.

Aprontamos todo y partimos para continuar nuestro camino. Tras cerca de dos horas de viaje llegamos hasta la ciudad más al norte del oeste de Dinamarca, desde donde salen ferrys hacia varios de los puntos principales de Noruega. Hicimos todas las averiguaciones pertinentes hasta encontrar la opción que más nos sirviera. Debíamos esperar unas cuatro horas hasta el próximo barco que nos cruzaría hasta Kristiansand, la ciudad más al sur de Noruega en un viaje de dos horas.

Por suerte para entonces se había despejado y volvimos a ver el sol. Aprovechamos para prepararnos unos ñoquis con salsa y comer en uno de los parkings que hay en la ruta. Luego nos tiramos al sol unas horas sin hacer nada, para matar el tiempo. Una hora antes de partir volvimos al puerto para hacer cola con el auto y cuando nos permitieran ingresar al ferry.

Al llegar a Noruega, otra vez llovía. Buscamos alojamiento barato y cercano, pero casi todo estaba ocupado o reservado.  Al final encontramos un camping abierto en donde nos atendió un chico muy simpático que al ver que éramos de Uruguay me preguntó si ese no era el país de Luis Suarez; era fanático del Liverpool de Inglaterra.

Como el día seguía horrible y llovía y paraba cada pocos minutos, decidimos no armar la carpa y darle una oportunidad a la alternativa de dormir en el auto. Dado que resultó no ser tan grande para nosotros dos solos, o que cuanto más espacio tiene uno más se desparrama, está casi todo lleno con nuestras cosas. No teníamos nada de ganas de re acomodar todo para intentar acostarnos adentro, por lo que reclinamos los asientos de adelante, inflamos las almohadas del avión y nos tapamos con sobre de dormir. Dormimos espectacular, no pasamos frío y por si fuera poco, no tuvimos que desarmar la carpa al día siguiente.

Destino 23: Noruega


Noruega es uno de los países nórdicos europeos y tal vez uno de los más hermosos destinos turísticos del mundo. Es famoso por los fiordos que rodean la costa oeste, los grandes acantilados y las vistas espectaculares.

Recorreremos solo una parte de este enorme país por un motivo de tiempo y dinero, ya que es muy caro. Caminaremos hasta los altos precipicios desde donde la vista es sencillamente espectacular para darnos un gusto en un destino que no nos queríamos perder por nada.

Luego cruzaremos el territorio a lo ancho hasta llegar a Oslo, la capital, desde donde cruzaremos hacia Suecia.

Días 126 y 127 – Bremen y mucha lluvia


Por la madrugada, aproximadamente a las cinco de la mañana, comenzó lo que sería nuestra temporada de lluvias. No fue muy agradable despertarse en la carpa con el ruido del agua golpeando el techo y las paredes. Lo único que esperábamos era que no entrara agua por ninguna grieta y se nos inundara nuestro refugio. Por suerte, nos mantuvimos a salvo todo momento.

Nuestra intención era levantarnos temprano y seguir con nuestro viaje, pero la lluvia frustró nuestros planes. No podíamos dejar la carpa y desarmarla bajo agua. Tuvimos que esperar a que parara; lo bueno fue que pudimos dormir un poco más, je.

Intentamos secar como pudimos la carpa cubierta de gotas y gotones de agua para que no quedara con olor a humedad. Aprontamos nuestras cosas y dejamos el camping. Me despedí del chico de la recepción que me había atendido el día anterior, quien al ver mi pasaporte me dijo “¡uruguaaaayo! ¿Tú sos de arquitectura también?” No sé bien de dónde era porque hablaba muy bien varios idiomas, pero estaba muy al tanto de la tradición uruguaya de arquitectura. Le expliqué nuestro sistema y quedó fascinado, al igual que todos quienes se enteran de nuestro viaje. Muy macanudo, nos deseó un buen viaje y nos fuimos.

Bremen está a más de tres horas de viaje desde Amsterdam. Más aún cuando se viaje con lluvia. Hicimos un par de paradas en el camino y llegamos a destino recién a media tarde. Con la experiencia obtenida en Holanda, no quisimos entrar en la ciudad con el auto. Buscamos un camping en las afueras para instalarnos primero. Por suerte estaba despejado, había sol y hasta hacía calor.

Dejamos nuestras cosas en un muy lindo lugar y tomamos el ómnibus que combinaba con un tranvía para ir hasta el centro de la ciudad. No es tan complicado como suena y era mucho más cómodo y barato. Nos bajamos en pleno centro de la pequeña ciudad alemana en donde vaya casualidad, nos encontramos con otra pareja de compañeros del grupo de viaje. Nos quedamos conversando un rato ya que siempre es agradable encontrarse con otros uruguayos.

Visitamos una de las principales atracciones turísticas y símbolo de la ciudad, una pirámide de animales subidos uno sobre el otro, un burro, un perro, otra cosa que no se bien qué es y un gallo. Ellos representan a los músicos de Bremen en un cuento infantil y aparentemente, hay que agarrarle las patas al burro y pedir un deseo.



Recorrimos la plaza con su respectiva Iglesia, la zona del puerto y un hermoso molino en un jardín bastante grande con flores y un lago. Finalmente, cenamos en un restaurante italiano atendido por su dueño, un napolitano un poco antipático pero que sabía lo que hacía en la cocina. Después de eso volvimos al camping, había sido un día muy rendidor.



Cuando llegamos vimos que el lugar en donde nos habíamos instalado, a un costado del parque como para que no nos molestaran, estaba rodeado de carpas. No sabíamos si había alguien en ellas o no, pero casi todos ya estaban durmiendo. La mayoría de las personas eran mayores y ya estaban en sus caravanas.

Pasada la medianoche, aparecieron nuestras vecinas. Unas cuatro chicas, creemos que alemanas pero no estamos seguros porque era indescifrable lo que hablaban, llegaron a los gritos, muy probablemente bastante tomadas. Se metieron en sus carpas que estaban a nuestros costados y se hablaban a los gritos de una a otra y se reían a carcajadas. Se podrán imaginar nuestra alegría. Parecía que nos estuvieran jodiendo. Aunque les gritamos algunas cosas, hicieron caso omiso y siguieron en la de ellas. Luego de un rato pudimos volver a dormirnos.

Nuevamente nos despertó la fuerte lluvia y tuvimos que retrasar la salida del camping. Todo igual, salvo que esta vez llovía más y no se detenía nunca. Nuestra intención era ir hasta Hamburgo para recorrer la ciudad y pasar allí la noche, pero era imposible. El viaje era corto, por lo que llegamos temprano. No paraba de llover, lo que nos iba a complicar mucho para recorrer la ciudad; sobre todo si teníamos que dejar el auto aparcado y movernos a pie. Finalmente decidimos saltearnos la ciudad y adelantar todo lo que pudiéramos del largo viaje que nos esperaba para el día siguiente. Así lo hicimos y conduje durante unas tres horas por el territorio de un nuevo destino, Dinamarca. Otro lugar por el que sólo estaríamos de paso hasta llegar a Noruega.

Le escapamos a la lluvia y el mal tiempo y por un momento logramos ganarle. Cuando paramos para almorzar a mitad de camino estaba bastante despejado y daba la impresión que nuestra suerte había cambiado. Por la tardecita buscamos un camping donde quedarnos y encontramos uno alejado de todo pero ubicado en un lugar muy lindo y tranquilo. Instalamos la carpa y nos acostamos temprano a ver una película.

Destino 22: Alemania


A lo largo de nuestro camino, pasaremos dos veces por Alemania; ésta, la primera vez, será más que nada de paso hacia los países nórdicos de Europa, sobre todo Noruega. Al regreso, cuando volvamos a viajar hacia el sur, cruzaremos por la capital, Berlín, y por otra de sus ciudades más importantes, Munich.

En esta primera ocasión, nuestro rumbo nos llevará hasta la pequeña ciudad de Bremen y luego Hamburgo, la ciudad más importante del norte alemán.

martes, 14 de agosto de 2012

Día 125 – Amsterdam


Comenzamos el día con la intención de aprovecharlo al máximo. Después de todo, era nuestra última oportunidad para conocer la ciudad. Al salir de la carpa vimos que estaba soleado y hacía bastante calor. Tal vez, nuestra suerte había cambiado.

Desayunamos antes de salir y luego tomamos el tranvía hacia la estación central. Habíamos reservado un tour por la ciudad el día anterior que comenzaba allí, por lo que nos quedaba espectacularmente bien.

Comenzamos la visita por la ciudad guiados por un joven español radicado aquí hace cinco años. Desde ahí partimos caminando hasta la plaza “Dam”, el lugar que da inicio a esta capital europea. Aquí comenzaron a construir el nuevo territorio, sobre un montón de barro y agua. Es que toda la ciudad está bajo el nivel del mar, construida sobre terreno robado del agua. Esto hace que abunden los canales y los puentes.

Una de las principales vías de entrada a la ciudad, es la estación central a donde llegan trenes de varios lados y donde pasan todos los tranvías. En frente a ella entonces, se encuentra la Iglesia de San Nicolás, ubicada justamente ahí para que sea lo primero que vean las personas que arriban a Amsterdam. Nos contaba el guía que esto lo hicieron como una forma de pedir perdón a todos los católicos del mundo, ya que dicha religión estuvo prohibida y fue duramente perseguida durante casi dos siglos, cosa de la cual se arrepienten enormemente.

Nuestra segunda parada fue en una de las zonas que más gente atrae, el barrio rojo. Aquí es donde se concentra todo lo relacionado al sexo y la prostitución. Hay varias vidrieras en donde se exhiben mujeres prácticamente desnudas, cabinas en donde pagando se puede ver gente teniendo sexo en vivo, cines, teatros en donde también hay sexo en vivo y muchos sex shops.

Lo más extraño es que en medio de todo este revuelo, hay una Iglesia, la más antigua de la ciudad. Construida a lo largo de trescientos años, llama la atención porque combina diferentes tipos de estilos y materiales, algo para nada atractivo. Se puede ver claramente como en una misma cara de la Iglesia hay una parte hecha en piedra y otra en ladrillo. Hoy en día igualmente ya no funciona como tal, sino que se usa para conciertos y como atracción turística.

Pasamos por el barrio chino, algo que nunca falta en las principales ciudades del mundo; ¡los chinos se están apoderando del mundo! Un lugar muy típico y en todas partes igual, en donde nos llamó la atención encontrar restaurantes de comida argentina. Y así mismo se promocionan, je. Desde ahí caminamos al barrio judío, en donde se habían instalado durante la época de la segunda guerra mundial, casi obligados por los nazis. Lo hicieron así de modo que pudieran controlarlos y cuando fuera necesario matarlos, sin que los holandeses se enteraran de esas barbaridades.

Continuamos hasta la calle en donde se encuentran el museo de la marihuana, la galería de la marihuana y, créanlo o no, la universidad de la marihuana en donde se enseñan y exhiben cosas relacionadas a esta planta. Nos contaba que en verdad esta droga considerada como “blanda” por el Estado junto con el alcohol y el tabaco, solo puede consumirse en los coffee shops que se encuentran en la ciudad, en donde a su vez no puede haber más de una cantidad determinada y se puede vender tantos gramos por persona. Nada de eso se cumple demasiado. Es que los holandeses no consumen esta droga ni les llama la atención; simplemente la mantienen en estas condiciones porque les es muy redituable para el turismo ya que montones de personas vienen aquí cada año, a lo que se considera la “disneylandia” del país. Muchos turistas se acercan a Amsterdam para hacer las cosas que en sus países no pueden.

Caminamos por la zona conocida como “Jordaan” que significa jardín y es uno de los lugares más bonitos para recorrer. Vimos la casa más antigua, el museo de historia y la plaza del mercado de literatura. Todo extremadamente interesante. Tanto como el hecho de que muchas de las casas estén torcidas, algunas hacia los costados por movimientos del suelo o errores de construcciones, y otras hacia adelante, A PROPÓSITO, para subir muebles o cosas mediante un sistema de poleas hasta los pisos de arriba o el ático. Esto se debe a que esta ciudad portuario siempre fue muy importante para el comercio europeo y dado que está bajo el nivel del mar, no podían mantener la comida en la planta baja. Para evitar la humedad y protegerla, debían subirla a los pisos más altos. Como eran muchas cosas o demasiado pesadas, idearon esta manera de hacerlo. El hecho de que las inclinaran hacia adelante, es simplemente para no destruir la fachada  al subir los bultos.

Finalmente, terminamos el tour en frente al edificio donde Anne Frank permaneció encerrada los dos últimos años de su vida y escribió el ahora famoso diario, hasta que fue encontrada junto a su familia y murió. Muy interesante lugar pero al que hay que hacer una hora y media de cola para entrar.

Al terminar el tour guiado, hicimos un corte para almorzar y seguimos recorriendo por nuestra cuenta. Llegamos así hasta la “Museum square” en donde está el enorme cartel que dice “I Amsterdam” haciendo el juego de palabras en inglés para decir “Yo soy Amsterdam”.

Esta ciudad es conocida gastronómicamente por tres cosas, el strudel de manzana, las papas fritas y los panqueques gigantes. No probamos ninguna de las tres cosas, así como tampoco los porros o los brownies con marihuana porque no es algo que nos llame demasiado la atención. La idea era ver el ambiente y conocer lo máximo posible, como hacemos siempre.

Ya en el camping, cenamos una rica sopa hecha por nosotros para así culminar nuestra estadía en la particular ciudad holandesa, que según nos contaban, es una burbuja dentro de lo que es el país, y algo por lo que no les gusta ser catalogados.

Día 124 – Llegada a Amsterdam


El día anterior habíamos comprado algunas cositas como para hacernos nosotros el desayuno; entre ellas, waffles belgas, originales, la tercera cosa famosa del país junto a la cerveza y el chocolate. Ahora puedo contarles que son buenos pero tampoco eran la gran cosa. Al menos lo que nosotros comimos.

Luego de aprontar todo comenzamos nuestro viaje hacia la capital holandesa. El viaje era de 250 kilómetros más o menos, pero nuevamente se extendió por el tráfico. Se hizo bastante pesado y cansador. No serviría para ganarme la vida como conductor.

Llegamos a nuestro destino ya pasado el mediodía y nos metimos de lleno con el auto en el centro de la ciudad. ¿Qué iba a saber yo que es HORRIBLE manejar ahí dentro?

Resulta que Amsterdam es una pequeña ciudad con 750.000 personas. No hay muchos espacios para estacionar, por lo que los pocos que hay son tarifados. Tuvimos que dar montones de vueltas para poder encontrar uno y cuando lo hicimos y nos dispusimos a pagar porque yo ya no quería seguir manejando, no podíamos pagar por no tener tarjeta. ¡UN ASCO!

En la ciudad circulan al mismo tiempo autos, tranvías, motos, bicicletas y peatones. Las calles son muy angostas y generalmente hay pequeñas calles para los autos porque la línea central es por donde pasa el tranvía que obviamente tiene preferencia. En las veredas hay una vía especial para las bicicletas que ABUNDAN; hay más de un millón y medio de bicicletas, en promedio son más o menos dos por persona. ¿¡Para qué!?  Las motos van a veces por la vía del auto y a veces por la de la bicicleta y los peatones se tiran en las esquinas y en las cebras así, de la nada, sin previo aviso. Por si fuera poco, hay un semáforo en cada esquina y no están coordinados, por lo que al salir de uno te agarra el próximo. ¡FUE UNA TORTURA MANEJAR AHÍ!

Cansado y frustrado, terminé entrando en el estacionamiento de un supermercado en donde nos daban permiso para permanecer dos horas. Compramos víveres para almorzar y comimos adentro del auto. No sabíamos qué hacer porque cuando queríamos parar para ver algo, nunca podíamos. Hicimos sin querer un recorrido por toda la ciudad con vista desde el vehículo. Al final decidimos marcharnos directamente hasta un camping y ver desde ahí como volver al centro en otro medio de transporte.

Costó mucho llegar, porque cada vez que marcaba uno en el GPS, la ruta que me indicaba estaba cortada y eso me implicaba dar vueltas, cambiar de camino para encontrar otra vía. A título informativo, Amsterdam no está construida como una cuadrícula al igual que Montevideo o Maldonado, sino que el plano de calles tiene una forma similar a las gradas de un anfiteatro romano: semicircular. Eso hace que en algunas esquinas se crucen tres o cuatro calles y se haga confuso saber para donde hay que ir.

Cuando al fin logramos llegar a un camping, nos encontramos con un mundo de carpas apiladas. Había lugarcitos donde instalarse, pero como no eran sitios numerados, sino que cada uno se instalaba donde entrara, aquello era un caos. Nos acomodamos como pudimos entre un par de carpas y un auto para preparar nuestra pequeña casa portátil. No tuvimos la misma suerte con el auto ya que todos los lugares estaban ocupados y tuvimos que dejarlo afuera del camping. Eso no estaba bueno, no tanto por la seguridad, sino que porque cada vez que queríamos algo, teníamos que salir del camping.

Nos quedamos el resto de la tarde ahí mismo, no volvimos a la ciudad. El lugar estaba bueno y nos dedicamos a descansar. Además, claramente no era nuestro día de suerte. Lo terminamos de comprobar por la noche, por suerte cuando ya estábamos acostados, que para colmo, se largó a llover.

Destino 21: Amsterdam, Holanda


Pasaremos por los países bajos en nuestro camino hacia la parte más nórdica de Europa. Si bien es un país muy pequeño, podríamos dedicarle varios días más de lo que lo haremos. Nosotros nos limitaremos a la capital, Amsterdam, que además es la ciudad más famosa.

Permaneceremos allí dos noches, cosa que nos permitirá ver un poco más de cosas y descansar del manejo. Luego de aquí nos tocarán trechos más largos para lo que es bueno prepararse.

domingo, 12 de agosto de 2012

Día 123 – Bruselas y Brujas


Con intenciones de aprovechar el día y evitar el caos del tráfico, nos levantamos súper temprano para ganarles de mano a todos. El camping estaba en total silencio, casi todos aún dormían. Guardamos la carpa y todas las demás cosas y partimos hacia el centro de Bruselas.

Nuestra primera parada fue el “Atomium”, un monumento muy conocido de la ciudad y una de las principales atracciones turísticas. Su nombre supongo que se debe a que simula la forma de un átomo pero diez mil millones de veces más grande. Es algo impresionante.



Cuando llegamos había solo tres personas y las calles estaban casi desiertas. ¡ERA UN PLACER! Sacamos algunas fotos e hicimos un recorrido por la zona. Luego fuimos hasta el centro con el auto buscando un lugar para desayunar. Nuestro principal problema hasta ahora en Europa han sido los estacionamientos. Esto es porque las normas para estacionar no son claras para los turistas, o al menos para nosotros, y no sabemos si se puede aparcar en cualquier lado o si hay que pagar. Dejábamos el auto con el corazón en la boca por si hacíamos algo mal y nos multaban o se llevaban el auto. Decidimos parar igual.

Encontramos una panadería muy bonita en donde tomamos un café con bizcochos. Todo delicioso. Luego recorrimos un poco caminando que es la forma más cómoda y rápida. Visitamos una fuente con una estatua muy famosa que consiste en un pequeño niño orinando. No es la gran cosa, ni siquiera es muy grande, pero como es famosa había que verla, je. También encontramos varias chocolaterías, cervecerías y casas de waffles, los tres fuertes principales del país. Compramos algunos chocolates artesanales y seguimos camino.
Visitamos algunas atracciones turísticas más como la Gran Plaza pero ya a media mañana se empezó a llenar de gente y autos y preferimos irnos. Dimos por concluida la visita a Bruselas y partimos hacia Brujas. Esta vez el viaje era mucho menor, solo ciento y pocos kilómetros de distancia aunque nuevamente mucho tráfico, atascos y un par de desvíos.

Llegamos una hora más tarde lo previsto por todos estos incidentes, pero todavía era muy temprano. Aprovechamos y fuimos directo al centro de la ciudad donde estacionamos el auto y recorrimos toda el área a pie.

Brujas es bastante más pequeña que Bruselas pero con una arquitectura mucho más característica. Sus casas son casi todas iguales, de dos plantas, angostas y pegadas unas a las otras. Hay montones de iglesias con construcciones espectaculares y varios riachuelos que rodean y atraviesan la ciudad dando un aspecto muy bonito. Aquí sí compré una cerveza en una tienda que tenía montones de tipos diferentes y todos parecían muy buenos. Terminé eligiéndola por la etiqueta que me gustó más, solo con el fin de probar una cerveza belga.



A media tarde dimos por terminada la visita a una ciudad que nos encantó, sobre todo a Ro, y nos fuimos en busca de un camping para pasar la noche. Encontramos uno muy cerca en donde había lugar, ¡woohoo! Pagamos pero antes de instalarnos fuimos hasta un supermercado para abastecernos. Luego sí instalamos la carpa y aprontamos todo para descansar. Al día siguiente tendríamos un viaje bastante largo otra vez hasta un nuevo país, un nuevo destino: la ciudad de Ámsterdam en Holanda.

Día 122 – Llegada a Bruselas


Madrugamos una vez más en este viaje para partir bien temprano hacia Bélgica. Teníamos un viaje de varias horas, además de que era el primero y eso generaba un poco de nervios. Sobre todo a mí que soy el conductor.

Dejamos el muy lindo hotel de Paris para ir hasta una conocida tienda europea llamada “Decathlon” en donde venden artículos diversos, entre ellos para camping. Nos equipamos con todo lo que precisábamos, una carpa, sacos de dormir, almohaditas, ollas, cubiertos y platos, un colchón inflable, garrafas de gas y un calentador compatible con éstas.

El camino que separa Paris de Bruselas es de trescientos y algo de kilómetros, algo que normalmente se haría en tres horas o menos. El problema es el tráfico que hay en el medio. Gracias a que el auto tiene GPS integrado, nos calcula la ruta más rápida hasta nuestro destino y verifica cada tanto para que en caso de embotellamiento o demoras, sugerir una ruta alternativa que ahorre minutos.

La salida de Paris no fue problema, ya había manejado por ahí el día anterior. La autopista es muy grande, con tres o más carriles y montones de autos cuyas velocidades NUNCA son menores a los cien kilómetros por hora. Lo bueno es que en el camino hay muchos puntos “P” o “Parking” en desvíos de la ruta, para que quien esté cansado pueda frenar un poco, estacionarse, algunos tienen supermercado, baños y ahí muchos camioneros que hacen trayectos muy largos pasan la noche.

No estuvimos ni cerca de completar el trayecto en el tiempo inicialmente pronosticado. Hubo varios atrasos en el camino que implicaron hacer un desvío por algunos pueblos pequeños muy bonitos y tranquilos. Dentro de todo era algo bueno porque cambiaba la monotonía de la ruta y las carreteras rectas.

Finalmente llegamos a Bélgica, cruzando la frontera en donde tan solo hay un cartel, ni controles ni aduanas ni nada. Es como cruzar de una ciudad a otra. Con los atrasos y las paradas, ya era bastante tarde como para recorrer algo de la ciudad. Además, yo estaba bastante cansado de manejar. Preferimos dejar la recorrida para el día siguiente, pero antes teníamos que cumplir con una misión muy especial. Antes de partir de Uruguay, sabiendo que íbamos a ir a Bélgica, nos propusimos buscar la casa donde vivió mi abuela en su infancia. Habíamos conseguido la dirección, sólo restaba buscarla e ir hasta ahí.

Llegamos sin problemas a una calle muy tranquila en un barrio muy pintoresco que seguramente ha cambiado notoriamente desde que ella se fue. Una a una fuimos verificando los números de las casas hasta llegar a la correspondiente. Ahí estaba, en perfectas condiciones, una típica casa belga. Lamentablemente ella ya no vive como para poder mostrársela, pero nosotros sabemos que ese lugarcito del mundo fue suyo y tuvo un gran significado para ella. También estoy segura que le hubiese emocionado muchísimo volver a verlo y que yo haya estado ahí por ella.  ¡Misión cumplida!



Habíamos investigado un poco sobre las opciones de camping para alojarnos. Encontramos uno cercano a la ciudad, pero cuando llegamos a la recepción nos dijeron que estaba todo lleno y no quedaba lugar. ¡Shit! Por suerte nos recomendó otro lugar en donde si había disponibilidad, pero estaba a quince kilómetros más. Yo ya no quería seguir manejando pero no tenía alternativa; era la opción más cercana.

Al llegar a este otro lugar nos queríamos morir al ver que la recepción estaba cerrada. Frustrados y amargados de que todo nos salía mal, estábamos listos para dar la vuelta y salir a buscar algún lugar cualquiera para dormir. Por suerte antes irnos decidí hacer un último intento y preguntarle a una mujer que salió de una puerta si ella era del camping. No hablaba mucho inglés pero suficiente como para entenderme e indicarme a un hombre de remera roja “he is the boss”. Hablé con el encargo y le expliqué nuestra situación. Inmediatamente me dijo que no había ningún problema y que podíamos quedarnos. Abrió la recepción para atendernos e indicarnos nuestro lugar. ¡Bien!

Nos instalamos en un pequeño espacio de terreno, armamos por primera vez nuestra nueva carpita al costado del auto. También estrenamos la garrafita en la que cocinamos unos ricos ravioles con salsa que venden enlatados, listos para calentarlos y comerlos. Luego de eso aprovechamos las instalaciones para bañarnos antes de ir a dormir, agotados, pero satisfechos. Habíamos llegado a destino. Al día siguiente recién iríamos a recorrer Bruselas, ciudad por la que solamente habíamos pasado con el auto pero que no nos queríamos perder.

Destino 20: Bélgica


Nuestra estadía en Bélgica será corta pero importante, ya que es el país de mis antepasados, la familia de mi padre. Mi abuela nació y vivió en Bruselas durante varios años de su vida, lo que lo hace sin lugar a dudas un lugar especial en el mundo.

Solamente estaremos dos noches aquí, una en la capital, Bruselas y otra en Brujas. Será nuestro debut en los campings, dado que como andamos en el auto intentaremos recortar costos por ese lado. Para esto tendremos que equiparnos, comprar carpa y demás de modo de estar lo más cómodos posible.
Luego de aquí seguiremos nuestro viaje por Europa, adentrándonos cada vez más en el viejo continente.

viernes, 10 de agosto de 2012

Día 121 – Comienzo de la aventura en auto


Nos despertamos sabiendo que iba a ser un día especial, diferente. En este día comenzaría una etapa totalmente diferente de lo hecho hasta ahora, ya que comenzaría nuestra aventura en auto por las carreteras europeas.

Verificamos la dirección de la agencia, la ruta que debíamos tomar en el metro para llegar hasta allí y salimos del hotel. Demoramos un rato largo porque debíamos cruzar casi toda la ciudad, pero no había alternativa. Yo estaba más nervioso que ansioso; no por manejar el auto en sí, sino que porque no hubiera problemas con la reserva y con la forma en que íbamos a tener que resolver todo desde ahora. Eso lo veremos sobre la marcha.

Nos recibieron muy bien en la casa de Renault en donde nos estaba esperando la Kangoo último modelo 0 km que habíamos reservado. La adquirimos por modalidad de leasing por lo que es nuestra durante los próximos cuarenta y cuatro días. Luego Renault hace una recompra para volver a venderlo y nosotros seguimos nuestro camino. Es algo muy común por estos lares.

Nos dieron las explicaciones pertinentes y nos entregaron los papeles y las llaves. Estaba todo pronto para nuestra partida. Salimos desde el estacionamiento donde se encontraba directo a una estación de servicio para estar más tranquilos. Ya eso fue toda una experiencia. Al igual que en Nueva Zelanda, no hay un pistero que te cargue el combustible, sino que uno lo tiene que hacerlo solo. Probamos al tanteo, pusimos un poco de gasoil sin saber cuánto faltaba para llenar el tanque y luego me acerqué a la caja registradora adentro del minimercado para pagar.

Para estrenar el vehículo, decidimos ir hasta el Palacio de Versalles que está en las afueras de Paris y que es una visita muy agradable. Nos costó un poco agarrarle la mano al GPS y eso implicó tomar un par de calles equivocadas y perdernos algunos cruces que debíamos hacer. El pobre tenía que recalcular el camino para corregir nuestros errores, pero finalmente llegamos a destino.

El palacio estaba REPLETO de gente. Hay un estacionamiento para autos con una computadora que controla la cantidad de vehículos actualmente adentro e impide el acceso de más personas hasta que no salgan algunos. Tuvimos que esperar un poco pero cuando lo hicimos conseguimos lugar para parar muy rápido. Dejamos a la brillante Kangoo gris para que descansara y volvimos a las caminatas.

El Palacio de Versalles es sin duda la frutilla de la torta en una visita a Paris. Si algo que nos había gustado de esta ciudad era la arquitectura impresionante y exuberante, el Palacio es la madre de todos los edificios. Sacamos la entrada que incluye el ingreso al interior del Palacio y a los jardines de María Antonieta.

El palacio, antigua casa real, es IMPRESIONANTE desde todo punto de vista. Tiene dos pisos con montones de salones, uno más lujoso y extravagante que el otro. Los techos decorados con pinturas hermosas, las paredes cubiertas con mármol u oro, cortinas, alfombras, muebles y lámparas, todo extremadamente lujoso. Montones de cuadros y esculturas de batallas famosas y de la familia real o celebridades francesas. ESPECTACULAR. Hicimos todo el recorrido por ambos pisos y nos encantó todo lo que vimos.

Al terminar el recorrido, salimos al patio trasero para recorrer los jardines de María Antonieta. Esto conforma un predio GIGANTE meticulosamente mantenido, adornado con flores, arbustos, plantas, fuentes y hasta un lago en forma de cruz llamado el “gran canal”. Muy agradable.

Volvimos al auto al terminar el recorrido, salimos de la zona del palacio y marcamos al hotel como destino en el GPS. Nos marcaba que estábamos a una hora de viaje de distancia. Era ya media tarde y todavía no habíamos almorzado. Estábamos MUERTOS de hambre. Hicimos una parada técnica antes de seguir nuestro viaje en el primer lugar que encontramos: McDonald’s.

La ruta elegida por el GPS, es seguramente la más corta entre los dos puntos marcados. Eso no implica que sea la más fácil. Como no sabía por dónde me iba a llevar, no tuve más remedio que seguir sus indicaciones. Fue así que debuté, obligado, por las calles europeas, nada menos que en la ciudad de Paris. Pasamos por la pequeña estatua de la libertad, réplica de la que está en Nueva York, junto a la Torre Eiffel, atravesamos el centro, la iglesia de Notre Dame una última vez y luego por una avenida hasta el hotel.

Habíamos preguntado en dónde podíamos dejar el auto por la noche y en la recepción nos dijeron que si encontrábamos un lugar en las calles cercanas al hotel, no había problema. Iba a ser casi un milagro que eso fuera posible, pero nuestra fortuna fue tan inmensa que logramos estacionarlo justo en frente a la puerta. Es más, lo vemos desde una de las ventanas del pasillo.

Dedicamos el resto del día a preparar nuestro itinerario para las próximas jornadas, lugares a visitar, caminos a recorrer y sitios para alojarnos. Es que ya al día siguiente partiríamos otra vez rumbo a un nuevo rumbo. Por primera vez en auto, nuestro siguiente destino sería Bélgica.

jueves, 9 de agosto de 2012

Día 120 – Basílica de Sacré Coeur, Moulin Rouge, Opera, Madelaine y Plaza Vendome


Al igual que el día anterior, no nos dieron las fuerzas para madrugar. Nos levantamos al mediodía para hacer un almuerzayuno. Encontramos un supermercado abierto cerquita del hotel y compramos sanwiches y bebida y nos sentamos a comer en un parque, así como hacen los parisinos en su hora de descanso del trabajo. Muy bonito.

Para el día teníamos pensado recorrer una zona totalmente nueva de la ciudad. De este modo, nos tomamos el metro para viajar al norte, donde se encuentra la Basílica de Sacré Coeur. Cuando salimos del foso subterráneo hacia la calle nos encontramos con una vista espectacular en lo alto donde reposa el edificio y con un montón de turistas caminando en todas direcciones como si fueran un enjambre alborotado de abejas. ¡Guacala!

Subimos las empinadas escaleras hasta la cima de la colina en donde está la Basílica y hay una vista panorámica espectacular de gran parte de la ciudad. El edificio en sí es tan maravilloso como todos los que hemos visto en Paris, algo que realmente nos encantó. Desde el punto de vista arquitectónico, es la ciudad más hermosa en la que hemos estado. Ingresamos para hacer un recorrido y ver un lugar espectacular. Muy linda y recomendable visita.

Al salir seguimos recorriendo la zona de Montmartre. Llegamos hasta el cementerio que es muy famoso aunque no sé bien por qué. No entramos porque no es un lugar que me despierte demasiado interés, pero si estuvimos en la puerta. Toda esa zona es muy pintoresca, hay montones de los típicos cafés parisinos y pintores callejeros que te hacen un rápido retrato con mucha habilidad. Nos quedamos un ratito en uno de esos típicos restaurantes para tomar un típico café en una de las típicas mesas que colocan en las veredas. Éramos unos parisinos más, salvo por el hecho de que nuestro francés es casi inexistente, je.

Siguiendo con nuestro itinerario, nos desplazamos hacia el sur para llegar a la zona más subida de tono, la residencia del célebre Moulin Rouge. Está ubicado en una calle en donde abundan los sex shops y tiendas orientas al erotismo en general. Recorrimos el lugar y hasta entramos en uno de los comercios para encontrarnos con todo tipo de cosas bastante extravagantes. Ahí compramos todos los regalos para llevar a nuestras familias. No, mentira, je.



Ingresamos en la Avenida de la Ópera que es también muy comercial y bonita. Recorrimos la plaza, el edificio conocido como “Madeleine” y la plaza de Vendome, todos ellos lugares hermosos.
Tras toda esta caminata, ya estaba bastante avanzada la tarde y nuestras piernas pedían a gritos por una silla, pero todavía queríamos hacer una última visita. Dado que se había frustrado nuestro intento de subir a la Torre Eiffel, quería entrar a la Iglesia de Notre Dame para disfrutar de la vista desde lo más alto.

Nos dirigimos hacia ahí a través de los campos Eliseos. Entramos en la feria que habíamos visto ya desde lejos, una típica feria de juegos como hemos visto en montones de películas, con grandes osos de peluche como premio en algunos, ipads, nintendo wii, relojes y cámaras digitales en otros. Obviamente todo está preparado de manera que las chances de irse con uno de esos premios, sean mínimas. Admiramos de cerca a la gente que subía a un juego MUY poco atractivo para nosotros, en el que los giraban MUY rápido y a MUCHA altura por el aire. De los más impactantes que he visto.

Caminamos a orillas del Sena mientras el sol seguí bajando para poner fin al día, hasta que llegamos por fin a Notre Dame. Desafortunadamente, ya había cerrado, por lo que una vez más nos tuvimos que ir con las manos vacías. Buscamos la estación de metro más conveniente para volver y nos hacia allí fuimos.

Cenamos en un supermercado que encontramos camino al hotel y luego volvimos a la habitación. Así pusimos punto final a una jornada muy rendidora en la que conocimos una parte muy hermosa de la ciudad, bastante diferente a lo que habíamos visto hasta entonces y que hizo a Paris un lugar mucho más atractivo.

Día 119 – La Mona Lisa y los pies de la Torre Eiffel


Estábamos tan cansados del trajín diario y las caminatas de todos estos días, que no nos preocupamos por levantarnos temprano o siquiera poner el despertador. Dejamos al cuerpo que decidiera cuando quisiera salir de la cama y eso fue recién al mediodía. Ro bajó hasta el supermercado a buscar algo para desayunar pero nos quedamos en el cuarto mirando las olimpíadas. ¡Qué placer! Hacía mucha falta.

No teníamos planes específicos para este día. Mis intenciones eran las de entrada al Louvre y de acercarme un poco más a la Torre Eiffel. Caminamos primero un rato hasta la zona de la bastilla repitiendo el camino del día anterior y luego buscamos una ruta diferente por la Avenida Rivoli que es muy comercial hasta llegar a un shopping al costado del museo que se llama “Carrousel du Louvre”. Hicimos un recorrido por esta zona en donde se encuentra la pirámide invertida, también del Louvre, pero apuntando hacia abajo en vez de hacia el cielo. Como había poca gente esperando para entrar, decidimos aprovechar la oportunidad.

El Louvre tiene cuatro pisos y montones de cosas. Tal vez para quien sabe y aprecia el arte, es el paraíso. Para nosotros que no cumplimos con ninguno de esos requerimientos, era más que nada una curiosidad. Ya había estado investigando sobre qué era lo más importante para ver y nos atuvimos a esas sugerencias.

Comenzamos por la célebre Mona Lisa, la cual vimos que sin lugar a dudas es la estrella del lugar y la razón por la que creo que entran el 50% de los visitantes. Había mucha gente en el museo, pero la concentración en la zona de la Gioconda, era asquerosa. Había que pecharse con mucha gente y buscar algún ángulo libre de cabezas ajenas para poder obtener una foto limpia del cuadro. Finalmente lo conseguí y salí disparando de la muchedumbre. Además, hay varios carteles advirtiendo de ladrones que roban los bolsos cuando uno está distraído, así que no queríamos arriesgarnos.



La segunda visita obligada era la Venus de Milo. Nos dirigimos hasta su ubicación en donde había otra montonera pero menor. Sacamos una nueva fotografía y ya con eso me sentía cumplido. El resto del tiempo lo dedicamos a hacer un tour general por todo el lugar. Cerca de una hora después, cuando logramos encontrar la salida en ese laberinto rodeado de arte, salí conforme ya que había visto tal vez uno de los cuadros más famosos del mundo.

Regresamos a la caminata, despacio y sin apuro, rumbo a la Torre Eiffel. Nuevamente elegimos un camino distinto al del día anterior para seguir recorriendo la ciudad. A medida que íbamos adentrándonos en nuevas zonas, Paris nos empezó a gustar cada vez más. Pasamos junto al Museo de la Armada y luego la Escuela Militar para desembocar en el “Champ de Mars”, el enorme jardín frente a la torre.

El jardín no estaba tan lindo y pulcro como me lo imaginaba, pero sí tan repleto de jóvenes como había leído que iba a estar. Muchas parejas y grupos de amigos franceses sentados en el césped con una botella de vino o latas de cerveza o en algunos casos ambas, otros con baguetes de pan. Nos sentamos junto a ellos unos minutos para descansar antes de seguir.

Así llegamos hasta los pies de la enorme Torre Eiffel, que cobra más dimensión a medida que uno se sigue acercando. Es realmente una mole de hierro espectacular. Tan grande que cuesta apreciarla desde cerca porque no se logra ver en su totalidad.



Yo quería subir, al menos hasta el primer nivel, pero nos fue imposible. La cola para sacar entradas implicaba que tendríamos que esperar unas dos horas y no teníamos fuerza para algo así. Me tuve que conformar con la vista a nivel del suelo. Saqué una tonelada de fotos más para asegurarme que tuviera varios recuerdos y finalmente decidimos volver al hotel. Caminamos hasta la misma estación de metro que habíamos usado del día anterior y nos marchamos.

Más tarde en la noche salimos a recorrer el barrio en busca de comida para la cena y por casualidad nos encontramos con un viejo y querido McDonald’s. Ahí mismo nos quedamos para comer algo rápido y rico. Automáticamente todos los planes que tenía de salir por la noche, se murieron con nuestras fuerzas. Estábamos agotados y sólo queríamos descansar. Volvimos a la habitación para hablar a casa, actualizar el blog e intentar dormir bastante. Todavía teníamos dos noches más para seguir nuestra aventura en la ciudad de las luces.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Día 118 – Llegada a Paris


Nos despertamos MUY temprano y en extremo silencio, hicimos el check-out en el hostal y caminamos hasta la estación de metro más cercana. Por ese medio fuimos hasta la estación de tren Saint Pancras desde donde salía nuestro tren mañanero rumbo a Paris. Habíamos comprado los boletos hacía muchos meses, menos mal, porque los precios actuales eran desorbitantes.

El tren era muy cómodo, con comedor y todo. Salimos a las 7:49 desde Londres y tras dos horas y media de viaje llegamos a la “Gard du nord” en Paris. Desde ahí nuevamente teníamos que tomar el metro y luego caminar para llegar al hotel. Nos costó un poco encontrarlo sin tener un mapa, pero un hombre que nos vio algo perdidos se acercó para ayudarnos. Arribamos a un nuevo hotel muy bonito en el que después de tanto tiempo volveríamos a dormir solos, sin compañeros de cuarto.

Tras todo esto recién era poco más del mediodía, por lo que preferimos aprovechar a recorrer. En la recepción nos dieron un mapa con los principales destinos turísticos. No sabíamos en ese momento todo lo que íbamos a caminar esa tarde, así que salimos con muchas ganas, je.

Nuestra primera parada fue el monumento de la Bastilla. Dado que la zona parecía muy comercial, aprovechamos para buscar nuestro almuerzo. Comer en un restaurante implica gastar más de lo que queremos. Los platos varían desde los diez euros en promedio más bebida por persona, así que no es una opción. Por el otro lado, ya estamos hartos de McDonald’s, lo que nos dificultaba la tarea. Finalmente y casi de casualidad, nos dimos cuenta que en algunos supermercados venden comida para microondas y al costado de las cajas hay algunos de estos aparatos mágicos con mesas y bancos para que uno se siente a comer. Fascinados ante la posibilidad, compramos dos porciones de pasta y disfrutamos de un exquisito almuerzo BARATO.

Continuamos nuestro camino hacia la Iglesia de Notre Dam. En el camino cruzamos el famoso río Sena a través de un puente muy cercano desde hay una vista espectacular de la iglesia, pero que además se caracteriza por estar repleto de candados colocados por la gente con sus nombres o nombres de parejas. Como no queríamos ser menos y con la excusa de dejar una parte de nosotros en Paris para volver algún día a buscarla, colocamos un candadito con nuestros nombres y la fecha. Es nuestro símbolo de unión y amor, je.



En cuanto a Notre Dam en sí, es realmente impresionante. Estaba lleno de turistas de todas partes del mundo, tanto adentro como en los alrededores lo que no era muy atractivo, pero la Iglesia es de una arquitectura espectacular. No entramos porque suponíamos que el precio era elevado y además porque todavía había mucho por recorrer, pero nos alcanzó con verla desde afuera para dejarnos una gran impresión. Me trajo recuerdos de mi niñez y la película de Disney con el jorobado tirando de la cuerda y haciendo sonar la campana. Muy bonita.



Unas cuantas cuadras hacia el oeste y sobre la orilla del Sena, está el museo del Louvre. Llegamos hasta el enorme predio donde está ubicado y en cuanto lo vi nuevamente me invadieron un montón de recuerdos; montones de líneas de aquel libro de Dan Brown que tanto me gusto llamado “El Código Da Vinci”, las escenas de las películas, montones de otras películas o documentales, todos estaban materializándose delante de mis ojos. Caminamos hasta la pirámide de vidrio en el centro a la cual veía maravillado. Ya no podíamos entrar porque era muy tarde, así que seguimos caminando por los jardines que lo rodean que son hermosos.

Los mismos derivan en la avenida de los campos Eliseos, la cual recorrimos durante largo rato entre montones de tiendas de ropa y restaurantes. En ella vimos una gran tienda de Louis Vuitton que tenía cinco pisos y había cola de gente afuera esperando para entrar. ¡De locos!  Llegamos así al gigantesco Arco del Triunfo, otro monumento mundialmente reconocido que quería conocer y ahí estaba, a pocos metros de mí. Es monstruosamente grande y muy bonito. Ya para ese entonces estábamos MUY cansados de tanto caminar pero estando tan cerca de la frutilla de la torta, sentíamos que no nos podíamos rendir y debíamos hacer un último esfuerzo. Así seguimos caminando por la avenida Kleber hasta el predio de la Torre Eiffel.

Ya hacía rato que la veíamos asomando a lo lejos por entre los edificios y parecía que nunca llegábamos hasta ella. Cuando finalmente lo hicimos, entrando al lugar por la parte posterior en donde se encuentra la “ciudad de la arquitectura” que son dos muros enormes semicirculares, volvió el sentimiento mezcla entre asombro y desconcierto por estar frente a otro monumento de tamaña importancia mundial. ¡La famosa torre!

Es ENORME, una impactante conjunción de hierro, majestuosa. Lamentablemente, nuestra energía se había extinguido hacía rato por lo que permanecimos viéndola a la distancia. Ya era tarde y estaba por oscurecer por lo que preferimos volver al hotel. Volvimos al maravilloso sistema de metro que comunica rápidamente a toda la ciudad y nos bajamos a solo un par de cuadras de distancia. En el camino encontramos una pizzería llamada “Arlecchino” y aprovechamos a llevar con nosotros la cena. Comimos en la habitación del hotel, satisfechos por lo hecho en el día pero extenuados. Al  fin y al cabo todavía teníamos tres días más para seguir conociendo y disfrutando.

Destino 19: Paris, Francia


Abandonamos Londres rápidamente vía tren, cruzando así a territorio galo para una nueva visita. A lo largo de este viaje estaremos dos veces en Francia, ahora para comenzar nuestra travesía en auto y cuando la misma termine, explorando el sur del país y devolviendo el vehículo en la ciudad de Montepellier.

La ciudad de las luces es muy famosa a nivel mundial, tanto que recibe 45 millones de turistas al año. Como siempre, intentaremos cubrir las zonas más conocidas para ser deslumbrados por la arquitectura antigua y maravillosa como la torre Eiffel, entre otras.

Tenemos cuatro días y en el último levantaremos nuestra Renault Kangoo que nos acompañará a dar la vuelta a Europa en 44 días.

lunes, 6 de agosto de 2012

Día 117 – Más de London city


Con el mismo espíritu del día anterior, nos levantamos temprano, acomodamos las cosas en el cuarto y salimos del hostal con el mapa en la mano. La idea era recorrer algunas de las cosas que nos habían quedado pendientes, siempre priorizando entre nuestras opciones. Londres es una ciudad hermosa y muy grande a la que no alcanza sólo dos días para conocerla por completo.

Compramos nuestro desayuno en un super cercano y comenzamos cruzando el gigante pero majestuoso Hyde Park de norte a sur a través de la “Broad way” que es la calle ancha que pasa entre el “Kensington Palace” y un lago bastante grande. Nos encontramos una vez más con muchísimos corredores, otras personas que salen a caminar, algunas con sus perros y muchos otros en bicicleta. El lugar se presta para eso, muy arbolado, con lindo paisaje y aire oxigenado. El camino desemboca en el “Albert Memorial” y el “Royal Albert Hall” en donde nos faltó un guía que nos explicara la historia atrás de estos edificios, pero bueno. Igual estaban lindos.



Volvimos a cruzar el parque pero esta vez en diagonal, desde el suroeste hasta el noreste por encima del río en donde está la fuente en memoria de la Princesa Diana. Ahí vimos los restos todavía colocados de la competición olímpica del triatlón. En uno de los extremos del parque se encuentra un predio enorme armado por la organización olímpica de Londres con otra pantalla gigante para ver los juegos. Fuimos hasta la entrada pero había muchísima gente y todavía no había comenzado la transmisión. Igualmente nuestra intención no era sentarnos a ver los juegos, así que seguimos de largo.

Dedicamos este día nublado y bastante fresco en el que volvimos oficialmente al pantalón largo, la campera y los championes con medias, una extensa caminata por dos de las principales calles comerciales de la ciudad, Oxford street y Regent street hasta la zona conocida como “Piccadilly circus”. Nos detuvimos en varios comercios para comprar regalos y recuerdos. Hubiéramos comprado muchísimo más si no fuera por los costos, porque todo era muy lindo.

Encontramos varios teatros y un par de comercios interesantes como “Ripley’s believe it or not” y una casa de los confites “M y M” de tres pisos en donde vendían DE TODO con la figura de los conocidos dulces de chocolate. A media tarde y bastante cansados, tomamos el metro hasta el hotel para poder organizar nuestras cosas con tiempo, ir al lavadero y salir en busca de wifi.



Por la noche terminaremos nuestra visita en la capital inglesa como no podía ser de otra manera, en uno de los tantos bares típicos en donde ellos se juntan a tomar cerveza casi todas las tardes. No lo hago por el alcohol, solamente es con fines periodísticos y para adentrarme de llenos en la cultura local, je.

Quedará para otra ocasión la visita al Estadio de Wimbledon, alguno de los estadios de fútbol que se encuentran aquí como por ejemplo el del Chelsea, los museos de Sherlock Holmes y Shakespeare y algunos otros monumentos a los que no pudimos entrar por estar siempre corriendo contra el reloj. De todas maneras, cumplió ampliamente las expectativas y consideramos que pudimos ver casi todo lo más importante para el poco tiempo con el que contábamos. Ya al día siguiente tendríamos que partir para un nuevo destino, una nueva capital europea: Paris.

Día 116 – La ciudad olímpica


Tal como teníamos pensado, nos levantamos muy temprano y nuevamente de la forma más silenciosa posible para no molestar a nuestros compañeros de cuarto. Ocho y pocos minutos ya estábamos en la calle, con el mapa de la ciudad y del metro en el bolso, abrigo porque ya se hizo sentir la diferencia de temperatura y ganas de sobra.

En la noche anterior habíamos investigado un poco qué era lo más destacado para una primera visita. Marqué una ruta tentativa en el mapa y comenzamos el día tomando eso como referencia. Rodeamos el enorme y hermoso Hyde Park hacia el Palacio de Buckingham, nuestra primera parada.

El parque es enorme, por lo que rodearlo nos llevó un buen rato. Además, todavía no habíamos desayunado e íbamos buscando algún sitio adecuado. Ya a pocos metros del hotel empezamos a ver el despliegue organizativo que las olimpíadas implican. Montones de carteles señalizando rutas o actividades, muchísimas personas ayudando, vehículos decorados con los logos de Londres 2012 que llevan a los deportistas y gente colaboradora de un lugar a otro y varios policías. Llegamos hasta un monumento bastante grande en uno de los vértices del parque llamado “Marble Arch” o el arco de mármol en donde había varios comercios. Cuándo no, entramos en un McDonald’s para comer algo rico y barato antes de continuar. Desde ahí caminamos directo hasta el palacio real.

Al llegar a Buckingham Palace, nos dimos cuenta de que había alguna competencia en la zona. Demasiada gente acumulada en los alrededores, moviéndose o esperando. Al acercarnos vimos las vallas que indicaban que muy probablemente fuera una carrera cuyo circuito iba hasta el Palacio. Sacamos fotos al enorme lugar y de pura casualidad tuvimos la fortuna de poder ver el cambio de guardia. Con una típica ceremonia que es más un show que algo funcional, vimos a los guardias típicamente uniformados moverse por el patio. Al ratito el cielo se empezó a poner muy negro por lo que sabíamos que había altas probabilidades de lluvia. Igualmente seguimos nuestro camino.



En segundo lugar, visitamos el Big Ben, símbolo absoluto de la capital inglesa. Una vez más me invadió esa sensación de parecer estar soñando e incredibilidad de estar frente a un monumento al que tantas veces imagine, vi en la televisión y al que había querido tener frente a mis ojos. Ahí estaba, tan espectacular como esperaba que fuera. En seguida le mande un mensaje a mi hermano quien comparte el sueño conmigo de visitar esta ciudad encantadora para decirle “estoy en frente al gran Ben”. Se largó a llover.

Buscamos refugio un par de veces en las entradas del metro y la lluvia cada vez era peor. Yo no podía creer que el clima atentara contra nuestros planes y el poco tiempo que teníamos en Londres. Igual preferimos esperar un rato y finalmente, cuando dejó de ser lluvia y pasó a ser llovizna, salimos de nuevo a la calle.
Teníamos intenciones de ver de cerca el “London eye”, una rueda ENORME típica de los parques de diversiones que permite una gran vista panorámica de la ciudad, pero las calles estaban cortadas y no podíamos pasar. Caminamos rodeando una de las orillas del río Tames buscando un cruce. Otra vez veíamos las vallas, los carteles y la gente amontonada esperando. Ya era obvio que había una carrera. Al poco rato, nuevamente por casualidad, logramos ver con bastante claridad a la competición de la maratón femenina que pasaron por el circuito. La carrera llevaba menos de una hora y era algo muy bonito. ¡Estábamos viendo una competición olímpica! ¡En vivo! Algo que nunca me imaginé iba a hacer. SENSACIONAL.



Seguimos caminando hasta que pudimos encontrar un cruce y atravesamos el río a través del puente de Waterloo. Para entonces el cielo estaba intentando despejarse, nuestra suerte estaba cambiando. Caminamos un largo rato más hasta que llegamos al “London Bridge” y un poco después al espectacular “Tower Bridge” en donde están colgados los anillos olímpicos. A pocos metros de él, en un parque bastante grande había colocada una pantalla gigante en donde transmitían los juegos en vivo y muchísima gente se juntaba para mirar las competiciones. Nos unimos a los británicos y vimos la final de la competición de regatas, la cual ganó un británico e hizo que estallaran en gritos de festejo. En seguida después, vimos la final de tenis masculina entre Federer y Murray, otro británico por el cual alentaban eufóricos (yo por supuesto me mantuve fiel alentando al número uno del mundo) y otra vez explotaron en gritos cuando su compatriota consiguió otra medalla dorada.



Seguimos nuestro camino, cruzamos el Tower Bridge en dirección a la Torre de Londres. No entramos al castillo pero lo vimos desde muy cerquita. Hicimos una parada en una tienda muy cercana para almorzar y luego seguimos la caminata. Llegamos a la iglesia de “Saint Paul”, otra construcción deslumbrante. Cruzamos nuevamente el río pero esta vez por sobre el puente “Millenium” para dirigirnos nuevamente hasta el Big Ben. Todo porque yo quería una revancha ahora que no llovía para apreciar una vez más al gigante reloj inglés. Esta vez nos acercamos por otro lado, a través del puente “Westminster” desde donde la vista es todavía mucho más espectacular. Estuvimos ahora sí a los pies del “London Eye” que es realmente gigante y permanecimos allí en la zona, paseando y disfrutando hasta que se puso el sol.



Doce horas después de haber salido por la mañana del hotel, cansados pero muy felices, bajamos hasta la estación de metro más cercana y preguntamos qué nos convenía para volver al hostal. Nos dieron amablemente las indicaciones correspondientes y poco rato después ya estábamos otra vez en “Bayswater Road”, la calle de los muchos comercios. Volvimos al hotel para bañarnos, descansar un poco las piernas y más tarde volver a salir, cenar y conectarnos a internet. Sin lugar a dudas, un gran pero gran día. Londres es todavía más espectacular de lo que siempre había soñado.

Día 115 – Viaje a Londres


Nos levantamos tan silenciosamente como pudimos para no despertar a nuestros compañeros de cuarto. De todos modos, la chica ya nos ganó de mano y se fue antes que nosotros, yo ni me enteré, y nuestro amigo americano no pareció inmutarse. Bajamos desde el tercer piso por la escalera ya que no había ascensor, hicimos el check-out y caminamos hasta la plaza Syntagma desde donde sale el ómnibus que va hasta el aeropuerto. Como todavía faltaban unos minutos para comenzar el viaje, Ro fue a comprar el desayuno a un kiosco, mientras yo sacaba los boletos; gracias a que por casualidad vi un cartel que tenían colocado por ahí, me enteré que el boleto para estudiantes tenía la mitad de costo, ¡woohoo!

El viaje fue bastante rápido y cómodo. Llegamos al aeropuerto más de tres horas antes del vuelo para despachar las valijas y esperar tranquilos; no somos de hacer las cosas a último momento. Grata sorpresa fue enterarnos de que había una falla técnica con el avión y el vuelo se iba a retrasar un par de horas. 

Tuvimos que esperar un largo rato para poder hacer el check-in y librarnos de las valijas. Estuvimos parados en la fila del mostrador cerca de una hora y media, lo que fue devastador. Cuando finalmente nos atendieron, hicimos un pequeño recorrido por el lugar (operación reconocimiento) hasta que encontramos la sala VIP a la que tenemos acceso por ser miembros de Diners club. Ahí mismo nos instalamos, comimos y bebimos a gusto mientras mirábamos las olimpíadas en la televisión y usábamos el wifi.

Una hora antes del vuelo nos acercamos hasta la compuerta correspondiente para abordar al avión en donde nos encontramos con otro compañero del grupo de viaje. Hablando de los planes futuros, nos dimos cuenta de que íbamos a dos hostales diferentes en Londres pero que estaban ubicados a media cuadra de distancia, por lo que nos unimos para resolver el camino hasta allí. El vuelo estuvo bien, sin problemas o sustos, pero se hizo pesado porque hacía tiempo no volábamos por tantas horas. En total fueron tres y media, pero se sintieron.

Ya desde la entrada al espacio aéreo de Londres, todo era hermoso. Al descender por debajo del nivel de las nubes comenzamos a ver las casas y los campos, luego algunos estadios de fútbol y varias canchas más simples. El aeropuerto era enorme pero ya desde que cruzamos la puerta de salida de migraciones, nos encontramos con dos señoras vestidas con chaleco rosado que estaban para ayudar a los turistas. La ayuda e información que proporcionan es enorme. Confirmamos con ellas cómo ir hasta el hostal y nos dio una buena idea, más económica que la que manejábamos originalmente. Luego nos guió hasta la estación de metro.

Tuvimos que hacer combinación para llegar hasta nuestro destino, por lo que estuvimos en vueltas casi una hora y media. Considerando que para todo lo que hacemos tenemos que arrastrar con nuestras valijas, no es nada cómodo. El metro está muy bien organizado y señalizado, por lo que no tuvimos problemas. Al llegar al hostal, hicimos el check-in en nuestra nueva habitación para cuatro personas, dejamos las valijas y salimos a recorrer el barrio. Ya era bastante tarde, y no nos quedaba mucho tiempo de luz solar. Además estábamos bastante cansados.

Estamos en la zona noroeste de Hyde Park, el principal parque de la ciudad. A media cuadra de la avenida Queensway, calle en donde hay de todo, muchísimos locales de comida rápida, bares típicos ingleses, supermercados, tiendas de chucherías y demás. Caminamos un rato y más tarde aprovechamos para cenar algo antes de volver al hotel. Al llegar nos bañamos y decidimos acostarnos para descansar y arrancar la jornada bien temprano al día siguiente. Nos tardamos mucho en dormirnos pero eso era bueno, porque tal vez así pasaran más rápido las horas hasta que finalmente llegara el momento de conocer Londres.

Destino 18 – Londres, Inglaterra


Si bien Inglaterra es un país bastante grande y al que me gustaría conocer con más detalle y detenimiento, por esta vez, sólo nos vamos a centrar en la capital, Londres y por un par de días, nada más.

Coincidiendo con la realización de los Juegos Olímpicos, recorreremos todo lo que podamos de este magnífico sitio al que siempre soñé con visitar. 

viernes, 3 de agosto de 2012

Día 114 – Plaka y Estadio de los primeros juegos olímpicos


Para cuando nosotros nos levantamos, nuestras compañeras ya hacía rato se habían marchado. Ordenamos un poco y dejamos nuestro aposento para ir en busca de un rico desayuno. Hay muchas panaderías en la vuelta y terminamos en una de ellas comiendo bizcochos con chocolatada. ¡Qué placer! Después de eso, repasamos una vez más el mapa para ver qué nos quedaba por conocer.

Básicamente habíamos cubierto todos los sitios fundamentales. Solamente restaba el Estadio donde se celebraron los primeros juegos olímpicos en Atenas, del cual habíamos estado muy cerca pero sin llegar a verlo.

Comenzamos caminando por las varias calles peatonales de la ciudad en donde hay montones de comercios. Todo esto forma uno de los típicos mercados que vimos en tantos otros países en donde venden básicamente ropa y recuerdos para los turistas. Dedicamos un par de horas a caminar por todas esas calles. Todo estaba bastante caro para nuestro poder adquisitivo.

Al mediodía volvimos hasta la zona de la plaza para almorzar. Desde ahí además sale un pequeño tren rojo de varios vagones que hace un recorrido por las principales atracciones de la ciudad, se puede sacar fotos y bajarse en un par de sitios. Nuevamente con el carnet de estudiantes nos ahorramos parte del costo y como nos permitía dar una vuelta sin tener que sufrir tanto el calor como nos pasaba caminando, lo tomamos. El paseo completo duró una hora pero no vimos nada nuevo que ya no conociéramos. Solamente el Estadio que estaba en la lista de pendientes pero ahí no se podía bajar. Lo dejamos para luego de terminado el recorrido.

Al volver a la plaza tomamos una ruta nueva hasta llegar al Estadio. Se podía entrar hasta las gradas, obviamente que pagando, pero desde afuera igual se tiene una vista bastante general. No está en su estado original, sino que claramente tuvo un mantenimiento importante, supongo que para las últimas olimpíadas que se hicieron en esta ciudad. Desde ahí volvimos al hotel.



Al llegar a la habitación no había nadie, pero poco después apareció un nuevo compañero. Proveniente desde Arizona, Estados Unidos, esta vez sí conversamos bastante. Muy simpático el muchacho, un compañero agradable. Intercambiamos anécdotas un rato hasta que con Ro nos fuimos a cenar y él se quedó para bañarse y descargar sus fotos. Al volver a la habitación llegó detrás nuestro la cuarta integrante, con quien apenas hablamos los justo y necesario porque cada uno estaba haciendo sus cosas y nosotros sobre todo, aprontando todo para nuestra partida al día siguiente. Por la mañana siguiente, tomaríamos el último vuelo antes de volver a casa para visitar la ciudad olímpica, Londres.

Día 113 – Plaka, Akrópolis y el Partenón


Nos levantamos temprano y entusiasmados porque teníamos todo un día por delante con mucho para conocer en la capital griega. En primera instancia nos íbamos a quedar solo dos noches aquí, pero luego como elegimos cambiar el ferry de muchas horas por un corto vuelo de solo treinta minutos. Al hacer eso, tuvimos que agregar una noche más en Atenas y hacer una reserva de un día más en el mismo hostal. Al llegar el día anterior, nos habían dado la habitación ya comentada y nos dijeron que volvieras a la mañana siguiente para presentar la otra reserva. No sabemos por qué, eso era una pavada de parte de ellos pero bueno. Así lo hicimos. Al presentarnos entonces por la mañana en el escritorio, nos atendió otra persona y nos dijo que debíamos cambiar de cuarto. Esta vez nos darían el que habíamos reservado.

Tuvimos que subir las pesadas valijas dos pisos por escalera. Ahora sí nos encontramos con un cuarto muy bonito y con lindos muebles, baño privado y cuatro camas. Por ahora no teníamos compañeros de habitación, así que elegimos las mejores camas, dejamos nuestras cosas y nos fuimos a recorrer.

El hostal está ubicado en un barrio llamado Plaka, un lugar muy lindo y realmente muy cerca de lo más destacado a ver. Caminamos hasta el predio donde se encontraba la Akropolis, la antigua ciudad griega. Gracias al carnet de estudiantes la entrada nos costó la mitad de precio, así que fue como entrar dos por uno. Entre muchas personas hablando en una ensalada de idiomas distintos, caminábamos nosotros dos, solitos, en busca del mítico Partenón.

El predio de la Akrópolis es enorme y al pagar te dan boletos para entrar a varios lugares. Pasamos primero por un antiguo teatro conocido como el teatro de Dionisio, con su típica forma semicurcular de las gradas rodeando el escenario. Desde la entrada al predio se puede apreciar la construcción más importante reposando en la cima de una gran colina. Tuvimos que subir bastante para llegar a la cúspide. Ahí, pechándonos con los chinos, los japoneses, los mexicanos, los franceses y los italianos para poder sacar una buena foto, lo conocimos.



Tal como lo habíamos visto tantas veces en fotos, películas, documentales o lo que fuera, enorme, antiguo y muy venido a menos, estaba ahí, el gran Partenón. Ya sin techo y bastante maltrecho, actualmente está en proceso de reconstrucción parcial. La vista desde la cima es simplemente espectacular, al teatro de Dionisio, a la ciudad de Atenas en sí y millones de casas, a todo el predio de la Akrópolis. Nos quedamos ahí un rato admirando el edificio y tal vez sin ser del todo conscientes que el viaje se nos está yendo y esto que parecía hace poco tan distante ahora es una anécdota más de nuestra magnífica aventura. Le dimos toda la vuelta para conocer sus cuatro caras y luego bajamos para seguir recorriendo.

Continuando el camino se puede visitar un museo, algunos templos y ruinas de la antigua ciudad. Estuvimos varias horas ahí adentro hasta que las piernas agotadas ya no respondían y tuvimos que comenzar la retirada. Salimos del predio y nos dirigimos hasta la zona de la plaza Syntagma, donde está entre otras cosas, el parlamento. Ahí hay muchos restaurantes y tiendas. Nos tomamos un descanso para almorzar y luego volvimos a la caminata.

Ya con un mapa en la mano para estar menos perdidos, fuimos hasta el lugar donde se encuentra el “Hadrian’s Arch”, una puerta enorme y al Templo de Zeus. Paseamos un poco por la zona del hotel mientras volvíamos ya que es muy pero muy bonita y finalmente volvimos a la habitación. Todavía seguíamos siendo los únicos habitantes, pero poco después aparecieron nuestras “roomies”. Dos chicas australianas, macanudas a primera instancia, pero con las que hablamos poco.



Bajamos a la sala común del hostal donde hay mesas al aire libre, internet, televisión, una barra en caso de querer tomar algo y pasan música. Al lado de donde habíamos dormido la primera noche. Un lugar muy ameno para pasar el rato. Por la noche salimos a cenar, pasear y ver la movida nocturna. Al regresar al hotel conversamos un poco con nuestras compañeras de cuarto que nos dijeron que se iban para Italia muy temprano pero que iban a intentar no hacer mucho ruido. Así pusimos fin a nuestro día, movido e interesante.

jueves, 2 de agosto de 2012

Día 112 – Demasiado tiempo libre y finalmente Atenas


Me levanté bien temprano para ir a devolver el cuatriciclo en hora. Volví al hotel donde Ro todavía estaba durmiendo y desayunamos juntos. El resto de la mañana fue todo para preparar nuestras cosas y repartir el peso de forma justa que en el vuelo que teníamos que tomar que era de bajo costo, no nos quisieran cobrar exceso. Habíamos arreglado con la dueña del hotel y debíamos dejar la habitación a las once de la mañana pero podíamos dejar ahí las valijas. El vuelo hacia Atenas era recién a las 21:15 por lo que teníamos un largo día por delante, sin un lugar en concreto donde estar y sin vehículo. Por suerte ellos nos llevarían hasta el aeropuerto cuando fueran a buscar a unos nuevos huéspedes a las siete de la tarde. Hasta entonces, debíamos matar el tiempo como fuera.

Nos quedamos un rato en el hotel usando internet hasta que nos aburrimos demasiado y nos fuimos caminando hasta Fira. Hicimos un último paseo por la ciudad a modo de despedida, almorzamos, tomamos un helado artesanal que estaba muy rico mientras mirábamos una vez más la bahía desde lo alto de la isla y finalmente pasamos un largo rato sentados en un banco a la sombra indecisos de qué podíamos hacer.

Decidimos volver al hotel, aunque fuera para ver televisión en el lobby. Caminamos bien despacio para demorar lo máximo posible y al llegar como no encontramos los controles para encenderla, terminamos de ver una película que habíamos empezado la noche anterior. Volvimos a salir para comprar algo de comida para la merienda, volvimos y todavía faltaba un largo rato. ¡QUE EMBOLE! Volvimos a internet y con eso nos quedamos hasta que por fin el dueño del hotel nos preguntó si estábamos prontos para irnos. “¡SI!” le dije tal vez con demasiado entusiasmo, cargamos las valijas y nos fuimos.

Teníamos dos horas más de espera en el aeropuerto. Hicimos el check-in, despachamos las valijas y nos sentamos a esperar. Llegamos a Atenas tras un vuelo MUY costo de apenas media hora y corrimos con las valijas dentro del aeropuerto para no perder el ómnibus que nos llevaría hasta la zona antigua de la ciudad. Teníamos reserva en un hostal ubicado muy cerca de la antigua acrópolis donde se encuentra entre otras cosas, el Partenón. Así podríamos movernos fácilmente caminando en distancias cortas.

El viaje fue como de cuarenta minutos. Al llegar a la última parada tomamos un taxi y así llegamos a destino. Si bien teníamos reservada una habitación para cuatro personas con baño privado, nos dieron una para dos personas sin baño. Igual no nos quejamos porque al menos estábamos solos, pero la verdad que era bien parecida a una celda de prisión o tal vez un loquero. Totalmente pintada de blanco, larga y sin muebles con una cama en cada extremo.

Se terminaron los tiempos de hoteles cuatro o cinco estrellas con todos los lujos y desayuno buffet. Volvimos a nuestra realidad, a los hoteles con cuartos compartidos y baños sucios y olorosos. Nos dimos un baño para refrescarnos y directo a dormir para redondear un día nada productivo y cansador como pocos. Al día siguiente tendríamos mucho por recorrer.

Día 111 – Perivolos


Dado que uno de los objetivos planteados para nuestra estadía en Grecia era descansar, decidimos destinar esta segunda jornada a la holgazanería. Nos despertamos sin el ruido del despertador, a media mañana. No pretendíamos hacer nada en particular, nada más quedarnos cómodos en la habitación, desayunar tranquilos y recién cerca del mediodía dejamos nuestro aposento. En verdad no hicimos más que trasladar nuestra pereza hasta un una playa.

El día anterior habíamos recorrido toda la isla de sur a norte y para cambiar, esta vez queríamos quedarnos en una sola playa, tirarnos en unas cómodas reposeras a la sombra, tomar sol, bañarnos en el agua cristalina, o sea…hacer nada. Ninguna de las que ya habíamos visto nos había convencido demasiado, así que elegimos una totalmente nueva llamada Perivolos y que aparece como destacada en el mapa. Está muy cerca de la zona de Perissa, lo que no era casualidad; nuestra intención era volver a la panadería de las tartas ricasas donde habíamos almorzado el día anterior. Al llegar estacioné el cuatriciclo a la sombra y caminamos hasta la playa. Había un montón de reposeras libres y por siete euros nos daban dos sillas con toalla, sombrilla y una mesita para dejar las cosas. La alternativa era derretirse al sol, así que pagamos y nos instalamos en primera fila con vista directa al agua. Esto es vida.

Ro se quedó para no perder el lugar mientras yo fui hasta la panadería a buscar nuestro almuerzo. Repetimos el menú del día anterior pero esta vez en la playa. Luego nos acomodamos y ahí nos quedamos, conversando y simplemente disfrutando. La playa de Perivolos es de arena negra también y el agua estaba bastante fría. Igual no estaba mal para sacarse el calor que hacía afuera.

A media tarde, varias horas después, volvimos al hotel para bañarnos, dejar las cosas e irnos a Fira, la zona más hermosa de la isla por su vista espectacular para ver el atardecer. Santorini es muy conocida por la vista sensacional en la puesta del sol. Ahora que lo vimos damos fe de que es así. Ya nos había encantado Fira, pero luego de ver el atardecer y recorrer las calles de adoquines rodeadas de comercios por la noche, nos gustó todavía más. 



Cenamos ahí y por la noche volvimos al hotel para descansar y aprontar las cosas para el día siguiente ya que deberíamos dejar la isla y volar rumbo a nuestro último destino en Grecia, la capital, Atenas.